Las puertecitas mágicas [CUENTO]

Esta historia la inventé en honor a las librerías infantiles. Las puertecitas del cuento llevan a personajes de mis cuentos o de alguna escritora que conozco. Se puede adaptar a otros cuentos, abriendo nuevas puertas mágicas. Tras la lectura, pedid a vuestros pequeños que imaginen a qué otros cuentos les gustaría entrar, con quién se encontrarían y en qué momento de la historia. Tal vez inventen nuevos finales, incluso más divertidos que los que tienen actualmente los cuentos que conocen.

Cuento «¡Las puertecitas mágicas!», de Miss Eli

Ana entró en una habitación llena de luz y de magia. Allí, vio una puertecita llamativa y brillante y decidió abrirla. Al entrar, se encontró con unos niños en el patio del recreo, jugando con un duende verde y pequeñito.

―Este duende ―le explicó un chico― era un monstruo horrible cuando lo conocimos, pero conseguimos sacar lo mejor de él, enseñándole con cariño y amor.
A Alba le pareció muy interesante y se quedó con ellos un ratito, jugando y aprendiendo de cada uno de ellos alguna actividad divertida.

Al salir, encontró una nueva puertecita. Allí conoció a un niño cuyo mejor amigo era un muñeco de nieve.

―¿Un muñeco de nieve que habla? ―se preguntó Ana sorprendida―. ¡Pues sí que es rarita esta habitación!

Sus nuevos amigos, Tito y Fresquito, la llevaron a montarse en trineo, después se lanzaron bolas de nieve y dibujaron angelitos con sus cuerpos. Pasó una de las mejores tardes de su vida. Al despedirse, les prometió que volvería a visitarlos.

Con la nueva puerta, se sorprendió aún más que en la anterior, si eso era posible. En el centro de un jardín, una niña flotaba, volaba y daba vueltas mientras que un arcoíris luminoso entraba por su boca, repleto de ricas y sabrosas frutas de colores. Se acercó y comenzó a flotar junto a Alba, su nueva amiga, la chica que se comía el arcoíris.

―¡Qué divertido es todo esto! ―Ana reía y disfrutaba como nunca en esta habitación llena de ensueño.

Disfrutaron jugando en el jardín y haciendo volar una preciosa cometa que Alba tenía.

―Tenemos que volver a vernos ―se dijeron las dos mientras que se abrazaban y despedían. Por supuesto que Ana deseaba volver y pasar un increíble día con su amiga del arcoíris.

La nueva puerta le conducía a una habitación donde una niña estaba pintando y hablando con unos colores mágicos.

―¡Colores que hablan! ―exclamó Ana sorprendida.

―¡Uy, nos has pillado! ―Rocío se dirigió al color rojo que tenía en la mano―. ¿Qué hacemos ahora?

―Creo que si nos puede oír, es porque también puede colorear y dibujar con nosotros ―respondió el color azul―. ¿Te importa compartirnos?

―¡Claro que no! ―y diciendo esto, se dirigió a nuestra amiga―. ¡Ven aquí y pinta junto a mi!

Las niñas hicieron unos dibujos increíbles, gracias a los colores mágicos que les ayudaban mucho, enseñándolas a trazar formas imaginativas y llenas de fantasía.

Por la siguiente entrada apareció dentro de un bosque mágico, las hadas y los duendes la rodearon, felices y sonrientes.

―¿Vienes a ver a Lucía, nuestra princesa valiente? ―le preguntaron duendes y hadas, con voces diminutas y tintineantes.

La llevaron junto a su princesa, una niña de cabeza brillante, sin un mechoncito, pero con una sonrisa tan mágica y bondadosa que jamás había visto en ningún otro rostro. Jugaron con los seres fantásticos del bosque. Estos le fabricaron un vestido de hojas y flores precioso, al igual que a su princesa, que llevaba además, una colorida y perfumada corona de flores.

―Siempre te llevaré en mi corazón, Lucía. ¡Eres tan especial! ―exclamó Ana mientras se alejaba de allí, con ojos brillantes de la emoción.

Ana escuchó cómo mamá la llamaba, asomada a la habitación donde se encontraban todas estas puertecitas mágicas.

―¡Vamos Ana! ¡Qué se nos hace tarde!

Ana cerró la última puerta mágica y se dirigió hacia el lugar donde se encontraba su mamá. Le dio mucha pena dejar esta habitación repleta de entradas a mundos sorprendentes, pero se fue con la esperanza de poder volver muy pronto, reunirse con sus nuevos amigos e, incluso, conocer otros lugares distintos.

Cuando salió de esa habitación mágica, miró hacia arriba y descubrió un cartel que ponía: «Librería infantil Libritos». A través de los cristales, observó a Juan José y a Inma, los libreros, diciéndole adiós con la mano.

Miró hacia las estanterías y contempló todos esos cuentos infantiles, puertecitas mágicas a mundos llenos de fantasía.

Ana se dirigió a su mamá y le dijo:

―¿Sabes mamá? Creo que Juan José e Inma son el elfo y el hada mágica de esta habitación llena de sueños. Seguro que tienen una varita para que puedas vivir historias increíbles y emocionantes cada vez que abres una puertecita. ¿Me traerás mañana de vuelta? ¡Tengo tantos nuevos amigos aquí!

Mamá sonrió a papá. Ellos solo veían una librería llena de cuentos infantiles con dos personas encantadoras que les atendían muy amablemente. Ana, sin embargo, podía ver todos esos mundos mágicos que solo los niños ven.

―¡Claro que sí! Hoy nos llevamos a Alba, que te ayudará a probar la comida rica y sana y te animará a practicar deportes. Mañana podrá acompañarte un nuevo amigo a casa.

Ana volvió a mirar al interior. Desde fuera, vio cómo la saludaban, asomados a sus puertecitas: el niño y su muñeco de nieve, los pequeños con su duendecillo alegre, la chica de los colores mágicos, la niña de la cabecita brillante con las hadas y duendecillos…Todos ellos agitaban sus manos para despedirse.

―¡Hasta mañana amigos! ―les susurró―. Estoy deseando volver a encontrarme con vosotros y descubrir qué otras historias hay detrás de tantas puertecitas fantásticas.

Inma, la librera, le guiñó un ojo y Ana pudo ver algo brillante y casi transparente en su espalda.

«¡Ves, si yo ya sé que eres un hada cariñosa que nos hace soñar! ―pensó Ana–, solo que los papás no logran verte. Los niños somos los únicos que podemos ver la magia».

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