Las gafas con las que percibimos el mundo

¿Por qué algunas personas ven el mundo de color de rosa mientras que otras lo hacen en tonalidades de grises (aún sin padecer una lesión cerebral que lo justifique)? ¿Por qué hay quienes disfrutan de un día de lluvia y lo acogen como una maravillosa oportunidad para llevar a cabo planes en casa con los amigos, mientras que para otros es una tragedia que les impide hacer la colada de la semana?

Ya dijo Campoamor que “en este mundo traidor nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”. Es curioso escuchar a alguien relatar un suceso y afirmar: “Esto ocurrió así. No me estoy inventando nada. Son hechos objetivos”. La mayoría de las veces esta afirmación –aunque la hagamos con la mejor de nuestras intenciones y no pretendamos engañar a nadie– es tan falsa como una moneda de dos caras. Difícilmente somos capaces de percibir la realidad como –valga la redundancia– realmente es. Estamos de acuerdo en que los acontecimientos son los que son, pero en el mismo momento en que yo los percibo, se ven filtrados y modificados por multitud de intromisiones.

Pensemos en algún personaje público y famoso que aparezca con frecuencia en los medios de comunicación. Es posible que estemos de acuerdo en que dicho personaje –y recalcamos la palabra personaje y no persona, más adelante aclararemos la diferencia– cuenta con fans y con detractores. Recordemos cualquier best seller de cualquier autor famoso que se encuentre en las librerías. Hay para quienes será un libro de culto que ocupará un lugar privilegiado en su estantería y quienes lo usarán para secar hojas y hacer el herbario de sus hijos. Esta misma entrada. Unos la verán de utilidad y otros acabarán de leerla –o ni si quiera eso– y pasarán a otra cosa como si nada. El personaje, la novela o el post son los mismos para todos, pero la manera en la que cada uno recibe la información que llega del exterior puede llegar a ser increíblemente diferente.

¿Cuáles son estas interferencias que dan como resultado las distintas maneras de interpretar la vida? Nuestros aprendizajes, nuestro sistema de creencias, nuestra moral –y la de la sociedad en la que crecemos y vivimos– nuestros pensamientos, nuestros traumas… Por nombrar algunos. Todos ellos componen los cristales con los que nos desenvolvemos en el día a día y nos relacionamos con los demás.

Igual que en cualquier óptica, hay anteojos para todos los gustos. Más o menos transparentes, de cristales más o menos gruesos, de un estilo más moderno o más antiguo… Pero lo que es cierto es que existe un modelo para cada uno y es raro –y ha tenido que hacer mucho trabajo de auto descubrimiento– quien no los lleva permanentemente puestos.

Como Fidel Delgado define muy bien en su ponencia “Cómo funciona el ego” –desde aquí recomendamos encarecidamente disfrutarla en Youtube-, esas gafas que todos llevamos constituyen nuestro ego, lo que creemos de manera errónea que compone nuestro yo, cuando lo cierto es que es ese conjunto de personajes con los que sobrevivimos –que no vivimos– en sociedad y que hemos venido construyendo desde nuestra más tierna infancia (siempre con la ayuda desinteresada o interesada de aquellos que nos rodeaban). Miramos a través de esos cristales, de ese ego y esta es la razón de que no vea la realidad, si no mi realidad, que, con suerte, puede coincidir y ser similar a la tuya, o que puede ser diametralmente opuesta, de ahí que numerosas veces nos encontremos con que la comunicación y el entendimiento se convierten en una cuestión harto complicada sino improbable.

En el momento en que comprendemos la premisa de que cada uno percibimos lo que sucede a través de ópticas diferentes, empezamos a entender que más de una vez hemos estado intentando un imposible al empeñarnos en tratar de convencer al otro sobre nuestro punto de vista. Y nos encontramos con conversaciones de este tipo:

  • “¿Cómo puede no importarte lo que ha sucedido? ¡Pero si es gravísimo! Estoy tan enfadado que no pienso volver a dirigirle la palabra y espero que tú hagas lo mismo. Es un sinvergüenza”.
  • “Yo no lo veo así, no creo que sea tan grave. Creo que se han malinterpretado sus palabras. A mí me da lástima. Fíjate que yo creo que es una buena persona”.

¿Hemos presenciado o protagonizado este diálogo alguna vez? No hace falta que respondas. Ya lo hacemos nosotros por ti: sí. Insistimos, es necesario tener presente que cada uno percibimos el mundo a través de nuestro filtro personal y según toda la carga que tengamos en nuestra mochila emocional. Todo ello nos libera en mayor o menor medida de los juicios y de las exigencias, y a su vez nos facilita la transigencia, la consideración y el desarrollo de una convivencia más armónica y fluida.

Propuesta práctica

Te animamos a hacer el siguiente juego. Algo que parece tan objetivo como el color (¡nada más lejos de la realidad!), puede conducir a una desagradable discusión cuando una pareja va a pintar la pared de su dormitorio y uno de ellos ve la pintura azul y el otro la ve verde. Está comprobado que nuestro cerebro recibe e interpreta la información de las células del ojo de muy diferentes maneras. A propósito de esto… ¿sabías que hay estudios que demuestran que las emociones influyen en la percepción del color y que los colores influyen sobre las emociones? Prometemos dedicar una entrada a este interesante campo de la psicología estudiado por Eva Heller.

Pero volvamos a nuestra propuesta de ejercicio. Juega con tus hijos, con tu familia, con tus amigos… a contrastar los colores que percibís en los objetos. ¡Es sorprendente la variabilidad de respuestas con las que nos podemos encontrar! Esta metáfora puede servirnos para tomar conciencia de cómo cada uno percibimos lo que acontece a nuestro alrededor y a aprender a mostrarnos más flexibles la próxima vez que nos encontremos con alguien cuya percepción e interpretación de la realidad sea diferente a la nuestra.

Si aprendemos e integramos esto, podremos transmitir a nuestros hijos la idea de que no es necesario tratar de imponer nuestro criterio o sentir la necesidad de salirme con la mía y tener razón para sentirme más seguro, más valioso y con más poder. Usando este juego, puedes explicarle que, de la misma manera que tú ves el vestido de color naranja y él puede verlo de un tono más próximo al rojo, de igual forma cada uno tenemos nuestra opinión, nuestro criterio y nuestro modo de actuar ante las diferentes circunstancias de la vida. De esta forma, ayudamos a los niños a integrar valores como la escucha, la comprensión y el respeto.

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