La asunción del error y la auto-exigencia

“Yo no me he equivocado. Habrás sido tú”. “Yo no lo he entendido mal. Será que tú no has sabido explicarte”. “Yo no he sido, has sido tú”. Asumir nuestros errores no es algo que estemos dispuestos a hacer alegremente. Es más, en la mayoría de los casos, solemos resistirnos a hacerlo buscando mil y una excusas y justificaciones, y cuando vemos que no nos queda más remedio, apretamos los dientes y decimos con voz destemplada: “Pues si tú lo dices… ¡me habré equivocado!”. Seguramente algún lector estará pensando ahora mismo: “Yo no tengo ningún problema en aceptar mis errores”. Nos alegramos. Siempre y cuando esa afirmación proceda directamente desde su propia esencia y no sea una falacia construida en algún rincón del ego.

De pequeños, aprendemos muchas cosas. La gran mayoría, de hecho. Durante nuestros primeros años de vida adquirimos los patrones con los que vamos a relacionarnos durante el resto de nuestros días. De ahí que la educación sea una labor tan importante y de tanta responsabilidad. Ojo, aunque los cuidadores principales son los directamente implicados en esta delicada misión, desde nuestro punto de vista consideramos que todo aquel que rodea a un niño está ejerciendo, de manera consciente (¡por favor!) o de manera inconsciente (menos recomendable), una labor educativa.

Si hemos tenido la suerte de crecer en un ambiente en el que la comprensión, la empatía, el respeto, el perdón y el amor incondicional estaban presentes (y, por supuesto, unos vínculos de apego sanos), es muy probable que hayamos oído con frecuencia mensajes del tipo: “No te preocupes, todos nos equivocamos”, “la equivocación no es algo terrible” o “es normal equivocarse, no pasa nada”. Pero todos sabemos que ocurren cosas cuando nos equivocamos. Y, a menudo, desagradables para nosotros. No estamos hablando de algo desastroso, como puede ser un error que implique un daño físico a otra persona. Estamos refiriéndonos a esas pequeñas consecuencias que tienen lugar en nuestra vida cotidiana y que hacen que se vaya labrando el camino hacia nuestra auto-exigencia.

  • Papá sonreía, pero cuando le digo la nota que he sacado en el examen, su gesto ya no es tan sincero, de hecho… empiezo a sentir que hace esfuerzos por ocultar lo que yo creo que puede ser decepción, miedo a mi fracaso escolar, miedo a su fracaso como educador, etc.
  • Mamá me animaba a gritos desde las gradas en la final, pero cuando me acerco a ella una vez terminado el juego, y después de haber fallado el penalti que hubiera logrado nuestra victoria, su abrazo ya no es tan cálido como el que me dio antes de entrar al campo. Me dice que “no me preocupe, que lo importante es participar”, pero siento que, en realidad, le habría encantado poder salir del polideportivo orgullosa, mostrándome a los demás sobre sus hombros y diciéndoles a todos (sin palabras): “hemos ganado gracias a mi hija”.

Estas son situaciones muy benévolas y podríamos decir que incluso podrían ser más o menos ciertas, pues dependen de la interpretación que el niño haga de lo ocurrido (no sabemos qué pensaban o sentían realmente el padre o la madre de nuestros ejemplos, pero, a propósito… ¿qué es la realidad sino el conjunto de interpretaciones que hacemos cada uno de nosotros de cada uno de los sucesos ocurridos en cada uno de los momentos de nuestras vidas?). Fijémonos ahora en situaciones algo más explícitas. La fiesta de fin de curso en la que el niño se equivoca al recitar la poesía. Inmediatamente puede ver las risas mal disimuladas de sus compañeros e incluso de algunos adultos. La niña que, con su comportamiento descuidado, tropieza con un camarero y le hace volcar sobre ella toda la bandeja con las bebidas que llevaba.

No podemos negarlo. Las equivocaciones tienen consecuencias. De hecho, todos y cada uno de nuestros comportamientos tienen consecuencias. ¿No te suena el efecto mariposa? De ahí la importancia de vivir de manera responsable y consciente, pues nunca podemos llegar a saber hasta qué punto o a quién puede influir nuestra sola presencia en un lugar determinado en un momento preciso.

¿Cómo relacionamos la dificultad de responsabilizarnos de nuestros errores y la auto-exigencia? Conforme vamos creciendo, nos vamos imponiendo una serie de normas (cada uno las suyas), normalmente bastante rígidas e inflexibles y una serie de metas de muy diversos tipos (desde comprar el mejor coche del mercado hasta conseguir el amor de una pareja). Cuando vemos que nos hemos equivocado y apartado de ellas, inmediatamente nos abruma una espiral de emociones que me alejan del bienestar: miedo al rechazo y a la falta de amor de los demás, vergüenza, culpa y remordimiento, enfado, etc. ¿Qué hace un niño con todo esto pesándole en el pecho y en el estómago? Tiene varias opciones. Hacer responsable de su error a otros… o mentir. El conocido “yo no he sido” es un escudo que nos protege del castigo externo y del malestar interno que me provoca el haber fallado. Un parapeto que debe ser bastante eficaz, por cierto, porque de adultos lo seguimos usando muy a menudo… ¿o no?

Salve la ironía, con frecuencia el tema de la mentira es algo que preocupa profundamente a padres y educadores dado el impacto que tiene sobre las relaciones de confianza. Nuestra propuesta de hoy es tratar de ver un poco más allá de la inquietud inicial. ¿Qué hay detrás de ella? ¿Qué es lo que verdaderamente está provocando en el niño que no sea capaz de asumir su equivocación? ¿Qué emociones acompañan a sus equivocaciones?

Ejercicio práctico

La próxima vez que tengas la certeza de que tu hijo ha cometido un error y está mintiendo para no asumirlo, prueba a hacer el siguiente ejercicio.

  • Id a un lugar tranquilo y sin interrupciones.
  • Siéntate en el suelo y pídele que él lo haga apoyando su espalda sobre tu pecho. Respirad juntos hasta que vuestros ritmos estén acompasados.
  • Conversad sobre las siguientes cuestiones:
    • ¿Qué emociones siente cuando se equivoca?
    • ¿A qué consecuencias teme? Explícale que las consecuencias rara vez son tan dramáticas o tan terribles como a menudo pensamos y que con frecuencia, el peor de nuestros temores no suele ocurrir.
    • Juega con él a preguntarle qué es lo peor que podría suceder y trata de llevar las situaciones hasta el extremo para que sean divertidamente grotescas e irreales.
    • Enséñale a ver el error no como un fracaso, sino como una oportunidad de crecimiento. Tratar de que asuma que la equivocación es el primer paso para el aprendizaje.
    • Transmítele la importancia de asumir la responsabilidad de sus propios actos. Ese comportamiento,unido a la sinceridad y la honestidad, le van a proporcionar estados de ánimo más positivos y mejorarán sus relaciones con los demás.
    • Recuérdale que no tiene que esforzarse por buscar una perfección que ya está en su interior. Cada uno somos seres perfectos en nuestra esencia. Solo hay que dejarla salir, que se exprese y estar abiertos a todos los aprendizajes y experiencias que nos ofrece la vida.

Algo importante antes de hacer el ejercicio con tu hijo. Reflexiona sobre cómo vivencias tú tus propios errores y pon en práctica todo lo anteriormente citado. Seguro que si eres capaz de vivir las equivocaciones de esta forma, lo transmitirás a tu hijo y lo ayudarás a crecer un poco más libre de las exigencias (hacia él mismo y hacia los demás) y del perfeccionismo.

Y de paso… ¡tú también serás un poco más feliz!

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