Juegos de ayer y de hoy [CUENTO]

Cuento para que los niños valoren la importancia de pasar un buen rato con los abuelos, esos seres maravillosos que desean disfrutar su tiempo junto a ellos. Además de divertirse jugando, aprendiendo a aceptar que unas veces se gana y otras se pierde, que el buen rato vivido durante el tiempo de juego es lo realmente importante.

Alberto jugaba en su PSP, era domingo y habían ido a visitar a los abuelos, pero él solo quería jugar con su consola, aunque estuviesen en el jardín y el sol y el tiempo invitasen a correr y saltar. Su abuela se había pasado toda la mañana cocinando para tenerle preparadas sus comidas y postres favoritos: pollo asado con salsa especial, arroz con leche casero, zumo de naranja natural… Su abuelo, intentando entablar una conversación con ese nieto que llevaba toda la semana deseando ver, le preguntaba lo típico:

—¿Qué tal el colegio? ¿Tienes nuevos compañeros?

Alberto, sin despegar su vista de la PSP respondía con un monosílabo:

—No.

Sin desanimarse, su abuelo José volvía a intentarlo:

—Y los maestros, ¿son duros? ¿Te enseñan mucho?

—Bueno… —Y ahí se quedaba, con una palabra que parecía que iba a llevar a una frase, pero no, se quedaba en el aire.

El abuelo se dirigió al trastero y apareció con una lata algo vieja y oxidada, la abrió y sacó un trompo antiguo de madera, algo desgastado con el paso del tiempo y el uso. Lo lanzó y lo hizo girar, Alberto miró de reojo, extrañado y soltó la consola. Su abuelo sonrió, pensando que quizás así había logrado llamar la atención de su nieto. Alberto cogió su mochila y sacó otro trompo, uno que se parecía en la forma al del abuelo, pero era de plástico transparente, con colores llamativos y no de tonos apagados como el viejo trompo del abuelo. Se miraron y cada cual lanzó el suyo al aire. El de Alberto emitía luces de colores a la vez que bailaba, era como una fiesta. El del abuelo, más sobrio y discreto, comenzó a girar sin tanta parafernalia. Alberto sonreía, pensando que los trompos modernos son mucho mejores que la antigualla de su abuelo José, su sonrisa se borró cuando vio que el suyo se paraba y el de su abuelo continuaba girando. Miró su reloj y cronometró el tiempo que el trompo tradicional permanecía girando:

—¡Cincuenta y ocho segundos más! ¡Casi un minuto! ¡No puede ser, quiero la revancha! —exclamaba un niño mimado y poco acostumbrado a perder.

El abuelo José recogió su trompo con calma, lo preparó y se dispuso a repetir la jugada.

—Preparados, listos… ya —Alberto lanzó su trompo algunos segundos después que su abuelo, pero este no protestó, miró hacia otro lado e hizo como si no se hubiese dado cuenta.

Nuevamente, el trompo de Alberto se paró antes que el de madera. El niño lo cogió y lo lanzó nuevamente, con tal furia y fuerza que el trompo moderno se partió en dos. Alberto se sentó en un banco del jardín enfadado, escondiendo su cara entre los brazos y dejando caer lágrimas de frustración.

—Si lo cuidas, te lo regalo —el abuelo tendió la mano a su nieto, sujetando en ella el viejo trompo de madera.

Alberto levantó la cabeza, incrédulo.

—Yo no quería competir contigo, solo te quería regalar mi viejo trompo. Después pensé que sería divertido jugar juntos, nada más —le explicó el abuelo.

—Es que… no suelo perder nunca —sollozó Alberto.

—¿Y qué hacen tus amigos cuando pierden?, ¿se enfadan?, ¿dejan de hablarte? —El abuelo quería hacer comprender a su nieto que lo importante es el tiempo que pasas con los seres queridos, da igual quién gane o pierda.

—Bueno… a veces se enfadan un poco, pero al rato se les olvida y seguimos jugando.

—A mí me ha gustado jugar contigo, eso es lo importante. ¿Seguimos?

—¿Cómo podemos hacerlo? Mi trompo se rompió.

—Toma, te dejo el mío.

El abuelo recogió el trompo de Alberto y, con paciencia, lo pegó con un pegamento extrafuerte que se secó al instante. Miró a su nieto y ambos lanzaron a la vez. El trompo moderno se paró solo 3 segundos antes que el de madera.

—¡Esta vez casi empatamos! Abuelo, enséñame a tirar mejor —exclamó alegremente Alberto, que comprendía el significado de las palabras de su abuelo.

Ambos pasaron jugando un buen rato, hasta que la abuela y sus padres los llamaron para sentarse a la mesa. Alberto se situó entre sus dos abuelos, sabía que no volvería a disfrutar de su compañía hasta dentro de dos semanas y quería saborear la rica cocina de la abuela hablando con su abuelo sobre los juguetes que usaba él de pequeño, cuando aún no existía la PSP. Al terminar el postre, ese arroz con leche que la abuela hacía con mucho cariño, el abuelo sacó una vieja locomotora, montaron los raíles y comprobaron felizmente que aún funcionaba.

—Gracias abuelo por compartir tus juguetes conmigo —le dijo Alberto al despedirse.

Los abuelos lo abrazaron felices, pensando en los juegos de mesa antiguos que aún guardaban en el trastero y que le enseñarían la próxima vez que los visitase.

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