¿En qué personaje vives?

Al igual que existen los tres colores primarios y a partir de ellos surge toda la gama cromática, existen, según el filósofo, teólogo y pedagogo alemán Bert Hellinger, tres personajes tipo que escogemos y a partir de los cuales aprendemos a cómo estar en el mundo para conseguir amor y cuidados.
¿Cuándo empiezan a formarse? Durante los primeros tres años de vida, cómo sea la relación entre la/el niña(o) y la madre (o persona cuidadora principal) y los mensajes que comience a recibir, van a determinar en buena medida cuál va a ser el disfraz elegido.

La/el Buena(o)

Sean por las causas que sean (bien porque trabajaba, porque sufrió una hospitalización o incluso un fallecimiento, etc.), lo cierto es que la madre o la persona cuidadora principal no estaba presente y la/el niña(o) se vio presa de la soledad y la angustia. En su mente aparece el siguiente pensamiento, que queda fijado para el resto de su vida unido a la angustia: “Me han dejado sola(o) porque soy mala(o). Si soy buena (o), no me abandonarán”.

A partir de este momento, esa persona crece anulándose, olvidándose de sí y dejando completamente a un lado su necesidad, para estar en todo momento atendiendo la de quienes la rodean. Se hace responsable de la felicidad de otros(as), no marca los límites, se deja invadir, le aterra el conflicto y no es capaz de decir lo que piensa con sinceridad por temor a molestar. Busca agradar, que todo esté bien y se siente culpable por casi cada cosa que acontece. Desarrolla una auténtica obsesión por ser una persona cada vez más bondadosa, pensando que, de esta forma, podrá mantener a raya la angustia que tanto teme.

Este tipo de comportamiento –por otra parte, muy bien visto y alabado socialmente hablando, ya que suelen ser personas dóciles, sumisas y fáciles de manejar– la lleva a separarse de sí misma, a no escucharse, a no cuidarse, a no atenderse, a no hacerse cargo de su propia felicidad y de su vida… En definitiva, a no amarse. Y en el momento en que no nos amamos, en el momento en que no somos bondadosas(os) con nosotras(os) en primer lugar, es donde nos damos cuenta de que lo que estamos dando no es auténtico y no sale desde el amor, sino desde la evitación de la angustia al abandono y a la soledad, como hemos comentado al principio. La enfermedad y el malestar están asegurados.

La/el Rebelde

Puede darse la situación en la que la/el niña(o) perciba a su madre o a la persona cuidadora principal en un continuo –o bastante frecuente- estado de enfado, hostilidad o falta de ternura. Junto a la angustia, surge el pensamiento: “Soy débil, siento mucha inseguridad y tengo que demostrar lo contrario”.

A partir de aquí, se crea un personaje que está en lucha permanente con su alrededor, que necesita estar demostrando continuamente que es fuerte, seguro, que nunca se equivoca. No sabe pedir disculpas, no escucha, no atiende a razones o explicaciones y se cree siempre en poder de la más absoluta y única verdad. Es un personaje agresivo, invasivo, que nunca entierra el hacha de guerra y que jamás reconoce sus errores. Lo sabe todo y nadie va a enseñarle nada. Piensa que protege, cuando realmente lo que hace es atacar y golpear. Necesita buscar continuas excusas para autoafirmarse, para demostrarse y demostrar que es fuerte y seguro(a).Cree que sabe quién es, pero nunca llegará a conocerse a menos que se desprenda de su coraza y de su lanza y se enfrente cara a cara con su miedo más profundo: la angustia de inseguridad.

El personaje de la/el Urna

Hay casos en los que la madre o cuidadora principal,por cuestiones laborales –ausencia por exceso de carga de trabajo y cesión de la crianza a los(as) abuelos (as), por ejemplo- o por heridas personales, es incapaz de ver a la niña(o), que se siente invisible e ignorada(o). El pensamiento que aparece en este momento y que provoca la angustia es: “No existo, no me miran, no me ven. ¿Quién soy?”.

Quien crece vistiendo este personaje, es muy mental y continuamente vive la vida desde su cabeza. Necesita un campo de control claro e inamovible y piensa que siente las emociones. Hemos dicho bien: Piensa que las siente. Fue tan grande el dolor y la angustia en su infancia que tiene un miedo atroz a sentir y a relacionarse, pues el exterior le parece demasiado peligroso y dañino. A menudo se siente invadida(o) y necesita retirarse y protegerse. Sus amistades suelen reducirse a una o dos personas a las que admite dentro de su urna, siempre y cuando no le fallen y hagan las cosas como ella/él manda. Es probable que se lleven bien con el resto de quienes la(o) rodean, pero simplemente para evitar complicaciones y conflictos o daños del exterior que le desaten su angustia fundamental: la angustia de identidad. De ahí que se muestren tan identificados(as) con lo que piensan.

¿Te reconoces vistiendo el disfraz de alguno de estos personajes? Es muy probable que también identifiques cierta mezcla de varios de ellos en mayor o menor medida, pero siempre hay uno que es principal, que es la base desde nuestra infancia y que nos muestra nuestra angustia fundamental.

Lo más interesante de todo esto, son dos aspectos:

  • Si deseas descubrir quién eres realmente, te recomendamos evitar instalarte en el “yo soy así y no voy a cambiar”. Date cuenta de que no somos eso que creemos que somos. Eso es tan sólo el disfraz que hemos elegido para poder sobrevivir (que no vivir). Es como si nos vistiéramos de zombies para una fiesta de Halloween y nos pasáramos el resto del año pensando que somos muertos vivientes porque llevamos maquillaje a base de látex y sangre artificial y ropa desgarrada. Absurdo, ¿verdad? Ya. Pues, aunque nos cueste creerlo, nos ocurre algo bastante parecido. Te animamos a que no te lo creas y a que lo descubras por ti misma(o): observa y escucha un poquito dentro de ti y a tu alrededor, a ver qué encuentras.
  • Ten presente que mientras continuemos pensando que somos ese personaje, no podremos ser felices, pues nos estaremos distanciando de mirar debajo del antifaz y de encontrarnos cara a cara con nuestra verdad. La única forma de estar en la vida de una manera honesta y plena, de establecer relaciones cimentadas desde la salud, el amor y el respeto, es comenzar rascando esa máscara y encontrándonos con lo que hay debajo. Y, ¿quién sabe? Tal vez nos llevemos una grandísima sorpresa al hallar que, debajo de los disfraces de juez castigador y exigente,de caballero andante que ni siente ni padece, de superwoman que puede con todo, de camaleón que se comporta como los demás quieren que lo haga, de dictadora sorda engalanada con el “aquí se hace lo que yo digo”, de Caperucita Roja que en las noches de luna llena se transforma en el animal que más teme o de súper guerrero que no siente el miedo ni de lejos, nos encontramos con seres llenos de autenticidad, de vida, de fragilidad, de valentía, de vulnerabilidad, de amor y de sabiduría. Porque eso es justo lo que todos somos en esencia.

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