Claves para comprender cómo se siente un niño con TDAH

En cierta ocasión, un niño me comentó en mitad de una sesión de intervención educativa: “¡es que estoy a todo!”. Obviamente le había caído una pequeña regañina minutos antes por no haber estado atento a las instrucciones de la profesora y, sin embargo, tener capacidad suficiente para atender a lo que estaba pasando fuera del aula.

El TDAH se concibe hoy en día como un trastorno del neurodesarrollo donde la hiperactividad, la impulsividad y la inatención pueden convivir en mayor o menor medida. Pero no debemos olvidar que los rasgos de conducta que presentan estos niños los podemos observar en la población; no son conductas excepcionales, sino que dependiendo de la capacidad del propio niño para autorregularse ante distintos factores ambientales y estimulares, y también dependiendo de la mediación de los adultos, conseguirá conductas más o menos eficaces, más o menos adaptadas a las exigencias del entorno.

El caso es que en la actualidad el auge de los tratamientos farmacológicos -quizás demasiado valorados por una respuesta rápida a la sintomatología presentada- evitan o retardan la reflexión sobre cuestiones como la valoración que el propio niño tiene de sí mismo ante sus dificultades.

La mayoría de los niños con TDAH van a presentar -en mayor o menor medida- dificultades de aprendizaje, en tareas relacionadas con competencias curriculares que exijan memorización, atención, destrezas lectoras, organización de la información que les llega por vía oral, etc. De hecho, hay que tener en cuenta que este trastorno puede presentar comorbilidad con otras dificultades como trastornos de lenguaje oral o escrito. Todo ello en muchas ocasiones hace que estos niños también presenten dificultades en el ámbito de la socialización con sus iguales. Esto es, fracaso constante en su día a día, en sus objetivos escolares y en sus relaciones sociales.

Con estos antecedentes la sensación de frustración, de fracaso, de esfuerzo constante para la consecución de escasos éxitos es algo cotidiano en la vida de los niños con TDAH.

¿Cómo ayudarles?

Desglosar las tareas en pequeños pasos, planificar la acción, hacerles partícipes en la toma de decisiones de actividades que sean motivantes en su quehacer diario. Gestión del tiempo: muy importante dirigirles en sus actividades; explicarles cuándo empieza una actividad y el tiempo que tienen para realizarla. Ser claros en las normas, exigirles pero también ser tolerantes. Proporcionarles toda clase de ayudas, tanto en el ámbito familiar como escolar, para que puedan realizar las tareas con sensación de éxito. Saber distinguir los puntos fuertes del niño para que tengan sensación de “ser buenos en algo”; todos lo somos, pero a veces la dinámica diaria hace que solo nos fijemos en las dificultades, en lo que no conseguimos. Es importante que aumenten su autoestima sintiendo que escuchamos sus opiniones. Muchas veces sorprende la sinceridad con la que cuentan cómo se sienten ante las demandas y exigencias de un entorno que a veces les desborda. “¡Y es que casi siempre los que nos desbordan son ellos!” pensará más de uno… Pero, ¿hacemos un esfuerzo previo por preparar entornos favorables, que no les saturen en estímulos? ¿Somos capaces de prever situaciones conflictivas que se repiten una y otra vez, con los mismos antecedentes y los mismos consecuentes negativos para los niños?

En suma, los niños con TDAH  no son  fracasos escolares, ni niños con dificultades previsibles. Está claro que hay niveles de sintomatología que según intensidad provocará mayor o menor necesidad de intervención a nivel integral en la vida del niño. Pero debería ser primordial la consideración sobre aspectos emocionales y sociales del desarrollo del niño, quien por cierto, está en constante maduración y por tanto, debe ofrecer también expectativas favorables de futuro siempre comprendidas por la intervención mediada de los adultos tanto en el marco escolar como familiar.

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